domingo, 6 de mayo de 2012

Los que me miran

Es extraño. No se quién soy ni de dónde vengo. Estoy hecho de cientos de capas, cada una colocada exactamente encima de la anterior. En mi ser contengo miles y miles de historias diferentes que hablan de amor, de crímenes o de rivalidades entre reinos. He vivido grandes hitos de la Humanidad y sencillas relaciones de amistad pero sigo sin saber quién soy.
Yo me siento inmortal. Perduro en el paso del tiempo y cruzo siglos y mares llegando a personas de diferentes países y épocas.
Los que me miran se pueden pasar horas y horas junto a mí o abandonarme en la siguiente estación de tren. Sin embargo, si se quedan conmigo les provoco todo tipo de sentimientos. Sentimientos encontrados porque los que me miran lloran, ríen, se asombran e incluso caen en un profundo sueño.
Los que me miran se imaginan un universo paralelo no real. Se imaginan personas, paisajes y situaciones y, poco a poco, se olvidan de lo que les rodea. Ellos mismos no recuerdan dónde están y sufren conmigo, sin importarles, queriéndose adentrar más y más en las tristes historias que yo, a veces, les cuento.
En ocasiones, me abrazan contra su pecho y me pasan de mano en mano, llamándome de diferente forma. Me llaman Tombuctú, me llaman Orlando, me llaman Persépolis, El Quijote, Cien años de soledad o Kafka en la orilla. Me llaman Lazarillo, Galván en Saor, Teo no tren, El enredo de la bolsa y la vida, Los enamoramientos, El labertinto de las aceitunas, A vaca titiriteira y Os libros arden mal. Me llaman A sangre fría. Me llaman Apocalípticos e integrados. Me llaman...

No sé quien soy pero sé que los que me miran seguirán haciéndolo hasta que desaparezca.


domingo, 22 de abril de 2012

Los sonidos del domingo

Montealto es así.
Un domingo por la mañana con la ventana abierta se escuchan los sonidos de su fauna más diversa. En la calle, suena reggeaton desde el móvil de un neno, en el edificio de enfrente se escucha una pieza de música clásica y, debajo de mi ventana, un señoriño camina silbando una canción.
Después de unos minutos, la lluvia empieza a caer y dos señoras van hablando/gritando sobre algo que no puedo entender. Las gotas golpean los cristales de los coches y las gaviotas comienzan su ritual de sonidos guturales como diciendo: 'es domingo y se acaba el fin de semana, jodeos'. 

jueves, 5 de abril de 2012

Mensaje subliminal con historia tonta

Me llamo Andreia Agra y ahora vivo
en un piso en Coruña, aunque toda mi vida la pasé en una casa
grande, en Sada.
Una bonita casa con huerta en la que da el
sol siempre. En verano, mis padres y yo íbamos
todos juntos
al sur de Portugal de vacaciones. Me encantaba pasar horas y horas en
el mar.
Lo bien que lo pasaba...
Siempre íbamos en coche y yo, cuando me cansaba,
era muy pesada: 'Cuando llegamos,...'. Ahora viajamos en un
Xsara. El Citroën Bx de mi padre murió hace unos años.
Oh, qué pena me dio.

lunes, 2 de abril de 2012

Eu

A miña codia está queimada e as miñas follas convertíronse en cinzas pousadas arredor do meu madeiro. Non podo respirar e só vexo lume alí onde miro. Os paxaros que cantaban ledos pola primavera nas miñas pólas, agora non son máis que plumas e ósos e de súpeto son orfo de pai e nai.
Á ribeira deste río gris xa non hai vida.
E eu, un carballo máis das Fragas do Eume, morro para sempre.

sábado, 11 de febrero de 2012

La casa

Aviso: no leer en caso de estómago delicado o amante de los animales.

Nunca me gustó aquella casa. Cuando pasaba por delante de ella un escalofrío me recorría todo el cuerpo imaginándome qué podía haber dentro. Tantos años abandonada, sin más compañía que las ratas o la basura que la gente tiraba a su interior por las ventanas no dejaba espacio para buenos presentimientos.
La fachada ya no tenía un solo color desde hacía muchos inviernos: alternaba un gris cemento con un tono ladrillo, verde musgo y moho. La mitad de sus ventanas estaban rotas y sus contras de madera, arrancadas por los vecinos perezosos en talar árboles para hacer fuego en sus casas.
Un aspecto parecido tenía la finca que la rodeaba. Las flores que algún día debió haber y los setos bien podados habían sido devorados por la maleza, silvas y malas hierbas que ahora crecían a sus anchas, incluso dentro de la casa.
Pero aquel día me armé de valor. Quería ver las entrañas de aquel lugar que tantas pesadillas me había causado e introducirme en su interior para poder disipar mis temores. Nada más lejos de lo que en realidad pasó.
Fui una tarde ya que no quería enfrentarme a ella sin el amparo de la luz del sol pero aun así cogí una linterna vieja ya que probablemente habría habitaciones muy oscuras. Y con la disposición de una niña nerviosa por una gran aventura caminé hasta ella.
Entré por la puerta de detrás, sorteando las ortigas que me picaban en los pies y me encontré con un pasillo largo, el típico pasillo de las casas antiguas con las habitaciones a los lados. Sus paredes estaban desconchadas y de las plaquetas con dibujos que poblaran el suelo quedaban piezas sueltas. Abundaban escombros de todo lo que el tiempo había deteriorado y entre ellos la hierba intentaba abrirse paso. Un olor extraño invadía aquel lugar.
Entré en la primera habitación y me llevé el primer susto: era un salón, ya sin muebles. Pero en una de sus paredes todavía sobrevivía un marco con un retrato de un hombre con barba y aspecto sombrío. Tenía un gato en su regazo, el cual miraba al pintor con ojos nerviosos.
De repente, escuché un ruido. Como un maullido cansado. Salí de allí y me dirigí a la siguiente puerta. La cocina.
La luz ya no entraba por ninguna ventana así que encendí la linterna. Lo que allí vi todavía hoy hace que se me encojan las tripas. En los muebles y en el suelo había pequeñas jaulas y en su interior gatos famélicos, con la piel enferma y ojos destrozados por algún parásito o insecto. Algunos de ellos aun estaban vivos y maullaban desesperados. Otros ya habían muerto hacía meses por lo que el hedor se hacía insoportable.
Quería salir de allí lo más rápido posible pero con el pavor tropecé con algo entre mis pies. Miré al suelo y vi lo que todavía tengo fijado en mi retina: uno de los gatos, muerto, fuera de una jaula y siendo comido por miles de gusanos que huían ante mi pisotón. Uno de ellos enorme, del tamaño de una serpiente.
Corrí por el pasillo y salí de aquel cementerio. Cuando estuve ya afuera vomité todo lo que tenía en el estómago.

Todavía hoy me pregunto quién sería aquel hombre del retrato y si alguno de los gatos que allí había muerto sería el que miraba al pintor. O, quizás, todo esto tan solo fue una extraña pesadilla.

Basado en una mala noche de sueños.